Diciembre en la ciudad.

 5.12.23




Frío. Ya el invierno llegó. Es esa semana de diciembre en la que Madrid intimida con su clima de puente vacacional y una cantidad enorme de visitantes.

Mientras en Quito, la ciudad donde nací, la primera semana de diciembre marca el principio de los días de fiesta, en los que ya todo se siente, huele y se ve diferente al resto del año.

Compras, tráfico, reuniones van y vienen, espíritu festivo que termina en una catarsis de fin de año con hombres que actúan de la manera más obscena saliendo a la calle en faldas, cosa que jamás harían en su sano juicio, o mejor dicho prejuicio. Es que en diciembre todo se puede, todo vale.  Es el exceso, el consumo de todo y el sacarse el diablo sin medida, para luego volver a lo mismo de siempre el resto del año.


En Madrid no es otra cosa que un ciclo de paseo, compras y comidas de colegas que se repiten hasta el cansancio cuando el seis de enero todos se han ido a su pueblo o esperan a los reyes magos para que con su magia den por terminado lo festivo y traigan la productiva modalidad del mes de enero.


Este mediodía de martes luce como si fuera viernes, para mí no hay tanta diferencia en los días, seguramente porque mi memoria del cuerpo sabe que es 5 de diciembre y por años fue el día de fiesta.


Muchas veces desde que vivo en Madrid, he tenido que describir de dónde vengo... Una ciudad ubicada en las montañas, que se aleja del nivel del mar hasta el punto que cuesta respirar, un lugar donde las montañas nos acunan desde el día de nuestro nacimiento y se convierten en compañeras que orientan, observan y acompañan.  


Recuerdo la primera vez que salí del país hace muchos años y visité una ciudad sin montañas, no me podía explicar la sensación que tenía de que estaba en el filo del mundo, como si no hubiera fin, como si nada pudiera detener una caída mientras la tierra gira y yo ahí, sin montañas, desprotegida.  


Describo a Quito, como mi ciudad, así como ese espacio de clima perfecto, primaveral, montañoso y bello. Una ciudad que podría siempre ser mejor, en la que la gente no planifica y pocas veces piensa en el otro, una ciudad de la que hace tiempo me desenamoré pero que me llama de vez en cuando con la fuerza de sus enormes montañas y me recuerda que allí nací, que allí están los míos y que necesito ir a sentir su energía para recargar y volver a Madrid, la ciudad que elegí para vivir.

Comentarios

  1. Las ciudades son como somos sus ciudadanos. ¿Son? ¿O es que los ciudadanos nos vamos haciendo como las ciudades? Más que nostalgia, montañas y primaveras incontables, nuestra ciudad nos marca una identidad que, a veces, nos duele; pero muchas otras veces, nos alienta a seguirla soñando, como si fueran verdades sus canciones. Gracias por tu memoria.

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